Trago amargo
La bendita sopa de mi madre, que me aliviana la gran pena que cargo en el pecho, me perpetúa la inmensa dicha del mundo tan hermoso y benévolo que me ha tocado vivir.
Mi mayor confesión es que a mí si me hacía falta un muerto, querido Sasa. Es la cachetada que me puso los pies en la tierra -qué gran tierra fuiste, abundante hasta en la pobreza y testarudo como un niño-, es la negativa final a la negación de mi misma, el crudo acercamiento a eso de lo que creía gustar: la agonía, la falta de sentido. Fue reconocer una nueva profundidad en mis sentires, en mis esperanzas y en las inspiraciones que me traen otros seres.
La melancolía, ahora lo veo, ha sido el camino fácil. Y es que no quiero ser como tú, quiero ser solo yo misma, y quiero amarte en tu depresión, en tu contradicción y en tu muerte; y amarme a mi en mi lucha, en mis lágrimas y en mi envejecer.
Con todo, reconozco una nueva cualidad en el mundo después de tu partida. Esta cualidad va más allá de ti, pues tu ya no serás nada, más allá de lo que llegaste a ser. Pero el mundo sabe diferente y se siente más lleno, más concreto. Quizá es que al ver la muerte tan de cerca me acerqué también a la verdad de la existencia, tan tangible como estos granos de cebada en mi boca. Y es que eso es todo lo que hay, todo de lo que sabemos, incluso cuando la esperanza se pierde. Nos quedamos con una caja vacía, después de desatar todo los males del mundo, pero he aquí que es también la caja (o jarra) un regalo de los dioses; un contenedor capaz de guardar lo mas horroroso del la existencia, y aún así ser hermosa, valiosa, firme.
Me alimento en alma y cuerpo, me alimento de lágrimas y sopita. Y es que esta vida después de tu partida me ha traído el goce mas grande y el dolor mas propio. Ahora eres un muerto tan mío que me has traído vida.
Espero no irrespetar tu memoria con semejante soliloquio. Solo trato de dejarte descansar en paz, mientras le encuentro sentido a todo lo que me está pasando.
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