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Trago amargo

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La bendita sopa de mi madre, que me aliviana la gran pena que cargo en el pecho,  me perpetúa la inmensa dicha del mundo tan hermoso y benévolo que me ha tocado vivir.  Mi mayor confesión es que a mí si me hacía falta un muerto, querido Sasa. Es la cachetada que me puso los pies en la tierra -qué gran tierra fuiste, abundante hasta en la pobreza y testarudo como un niño-, es la negativa final a la negación de mi misma, el crudo acercamiento a eso de lo que creía gustar: la agonía, la falta de sentido. Fue reconocer una nueva profundidad en mis sentires, en mis esperanzas y en las inspiraciones que me traen otros seres.  La melancolía, ahora lo veo, ha sido el camino fácil. Y es que no quiero ser como tú, quiero ser solo yo misma, y quiero amarte en tu depresión, en tu contradicción y en tu muerte; y amarme a mi en mi lucha, en mis lágrimas y en mi envejecer.  Con todo, reconozco una nueva cualidad en el mundo después de tu partida. Esta cualidad va más allá de ti, pu...

Adultesciendo

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Ya voy sola a los velorios, porque ya muertos son solo míos.  Mi primer salario, cuando lo tenga, lo gastaré en unos lentes formulados y una buena almohada, de esas que siempre están frescas y no se aplastan con el tiempo.  Empezaré a cortarme yo misma el cabello, pues ya me rendí con las peluqueras, de todos los salones salgo infeliz y con menos plata en los bolsillos.  Amigo mío, puedo seguir sin ti, pero vaya que duele. Mi cuarto está repleto de objetos con historia. Cuando me vaya de casa habré de dejar más de la mitad; tendré que repartir el peso de las memorias para que algunas vaya en mi maleta, y otras quede en el corazón.  Respirar cuesta, la cuenta de cobro llega los 26 de cada mes.  Intento ahorrar agua pero mis lágrimas hacen mares cada viernes, o cada que me pegan las hormonas, o cada que mi novio se pierde, o cada que me acuerdo de ti.  Me veo obligada a dejar a medias mis sueños lúcidos de cocteles trambólicos, para sacar la basura antes de l...