Trago amargo
La bendita sopa de mi madre, que me aliviana la gran pena que cargo en el pecho, me perpetúa la inmensa dicha del mundo tan hermoso y benévolo que me ha tocado vivir. Mi mayor confesión es que a mí si me hacía falta un muerto, querido Sasa. Es la cachetada que me puso los pies en la tierra -qué gran tierra fuiste, abundante hasta en la pobreza y testarudo como un niño-, es la negativa final a la negación de mi misma, el crudo acercamiento a eso de lo que creía gustar: la agonía, la falta de sentido. Fue reconocer una nueva profundidad en mis sentires, en mis esperanzas y en las inspiraciones que me traen otros seres. La melancolía, ahora lo veo, ha sido el camino fácil. Y es que no quiero ser como tú, quiero ser solo yo misma, y quiero amarte en tu depresión, en tu contradicción y en tu muerte; y amarme a mi en mi lucha, en mis lágrimas y en mi envejecer. Con todo, reconozco una nueva cualidad en el mundo después de tu partida. Esta cualidad va más allá de ti, pu...