Adultesciendo


Ya voy sola a los velorios, porque ya muertos son solo míos. 
Mi primer salario, cuando lo tenga, lo gastaré en unos lentes formulados y una buena almohada, de esas que siempre están frescas y no se aplastan con el tiempo. 
Empezaré a cortarme yo misma el cabello, pues ya me rendí con las peluqueras, de todos los salones salgo infeliz y con menos plata en los bolsillos. 
Amigo mío, puedo seguir sin ti, pero vaya que duele.
Mi cuarto está repleto de objetos con historia. Cuando me vaya de casa habré de dejar más de la mitad; tendré que repartir el peso de las memorias para que algunas vaya en mi maleta, y otras quede en el corazón. 
Respirar cuesta, la cuenta de cobro llega los 26 de cada mes. 
Intento ahorrar agua pero mis lágrimas hacen mares cada viernes, o cada que me pegan las hormonas, o cada que mi novio se pierde, o cada que me acuerdo de ti. 
Me veo obligada a dejar a medias mis sueños lúcidos de cocteles trambólicos, para sacar la basura antes de las siete de la mañana. 
Ya se fue el encanto bohemio y melancólico de la soledad; las tardes lluviosas son mejores con un buen café y coros anarquistas, o entre frazadas de pieles sensibles.
No tiene caso alguno deborar libros, poemas, canciones, filmes, historias... si me las quedo para mí; pues he descubierto que, a estas alturas, solo crezco junto a otras almas, como otros ojos que se asombren conmigo. 
Las contradicciones de las existencia se resumen, en fin, a que no se me alcanzó a secar la pinta de funeral para cuando ya debía atender a otro; y me tocó revolver hielos, solapar duelos, dejar de ver la muerte como acontecimiento y aprender a vivirla como constante. 

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